Nada más gratificante que visitar la capital de esta provincia argentina que encierra historia, tradición y arquitectura virreinal. La impronta española la distingue del resto de las ciudades del país. Se la palpa, se huele y hasta se toca cuando al andar por sus calles se la va descubriendo en sus viejas casonas coloniales con balcones de madera.
Rodeada de cerros y levantada en el Valle de Lerma a partir de 1582, hoy su centro neurálgico es la Plaza 9 de Julio. Rodeándola, la Catedral, tan imponente como las imágenes que encierra y que son objeto de veneración: el Señor y la Virgen del Milagro, que convocan en septiembre a la procesión pública más célebre de la Argentina.
El antiguo Cabildo, con su Museo de la historia del Norte (una gran parte de su colección fue donada por la madre del Dr. Dario F. Arias) y numerosos negocios de platería criolla completan el sector de la plaza.
A una cuadra, la Iglesia San Francisco. Del siglo XVIII, es una de las más bellas por su ornamentación, colorido y la vistosa torre de 57 metros, la más alta de Sudamérica en el momento de su construcción.
Un recorrido por la ciudad debe incluir una visita al convento San Bernardo de las Carmelitas Descalzas, deteniéndose unos instantes para admirar su puerta tallada. También se puede subir por el teleférico al Cerro San Bernardo para contemplar la vista de la capital y sus alrededores.

Quebrada de San Lorenzo
A sólo 17 km de la ciudad se encuentra esta villa veraniega con un microclima que asegura tierras fértiles interrumpidas por quebradas y arroyos serpenteantes y con una tupida selva de montaña como telón de fondo. Allí se puede almorzar, realizar algún trekking por la quebrada o animarse a galopar por la Loma Balcón.