Recorriendo el cauce del Río Grande, el camino se va empinando más y más. Los nombres de los colores nos resultan escasos para nombrar las distintas tonalidades que forman los cerros de la Quebrada. No sólo las sutilezas cromáticas llaman la atención sino también sus texturas creadas por los movimientos geológicos, la erosión y el tiempo.
Uno de sus pueblitos más pintorescos es Purmamarca. Son pocas cuadras de paz y de casas de adobe terracota. Previsiblemente, alrededor de la plaza central se encuentra la iglesia -construida en el siglo XVII aún conserva intactas sus maderas de cardón- y se agrupan varios puestos de artesanías. Un algarrobo centenario es testigo de todo su ajetreo.
Purmamarca creció al amparo del famoso “Cerro de siete colores”, que se puede rodear a pie o en auto por el camino de los Colorados, unos morros que afloran extrañamente de la roca.
Dejando atrás este encantador pueblo comenzamos a subir la torcida Cuesta de Lipán que nos llevará a las Salinas Grandes; un sitio bellísimo que agrega un matiz inesperado al paisaje del norte. Sal y cielo. A veces agua. Y uno en ese infinito.
Hay que juntar ganas para dejar el lugar. Cuesta convencerse que hay algo que pueda asombrarnos más. Pero no es así. En medio de la puna solitaria, vuelven a sorprendernos otras construcciones de adobe, que aunque estén habitadas parecen pueblos fantasmas.